Crisis ecológica

 

La ecología política basa su teoría y praxis en la reflexión y acción en la lucha contra la llamada “crisis ecológica” y en la propuesta de nuevos modelos de producción y consumo compatibles con los límites ecológicos del Planeta y la justicia y ética socio-ambiental. Pero ¿qué llamamos exactamente crisis ecológica? ¿En qué fenómenos concretos se manifiesta y qué relaciones guarda con el sistema socio-económico actual?

 

Una crisis ecológica, crisis ambiental, ocurre cuando el ambiente de una especie o de una población sufre cambios críticos que desestabilizan su continuidad. Existen muchas posibles causas, como: un cambio abiótico (por ejemplo, incremento de la temperatura o bajo nivel de lluvias), la presión de la depredación o la sobrepoblación. En cualquiera de esos casos se produce la degradación de la calidad del ambiente en relación con las necesidades de la especie que lo habita.

 

Factor abiótico

 

El cambio climático tiene grandes impactos en ecosistemas. Con el aumento de la temperatura global hay un decrecimiento de la caída de nieves, y un crecimiento de los niveles del océano. Los [ecosistema] cambiarían o evolucionarán para hacer frente al aumento en su temperatura.

 

Consecuentemente, muchas especies son llevadas fuera de sus hábitats.

 

Los osos polares están empezando a evidenciarlo. Necesitan el hielo donde cazan focas, su presa principal. Sin embargo, las capas de hielo se están derritiendo, haciendo sus periodos de cacería más cortos cada año. Como resultado los osos polares no están acumulando la suficiente cantidad de grasa para el invierno, a consecuencia de esto no se pueden reproducir apropiadamente como también el oso panda que vive en china es una de las especies del mundo que está desapareciendo

 

El agua dulce y los ecosistemas secos están lidiando con los efectos del aumento de la temperatura. El clima cambiante puede ser devastador para el salmón, la trucha y otras especies acuáticas. El aumento en la temperatura puede interrumpir las actuales formas de vida del salmón y la trucha. Los peces de agua fría pueden eventualmente dejar sus zonas naturales geográficas para vivir en aguas frías elevando sus niveles de migración. Mientras muchas especies han tenido disponibilidad para adaptarse a nuevas condiciones como moverse su rango hacia los polos, otras especias son menos afortunadas, la opción de moverse no está disponible para los osos polares y para algunas especies acuáticas.

 

Extinción de la biodiversidad

 

Gran número de especies están siendo aniquiladas; cada año entre 17.000 y 100.000 especies se desvanecen del planeta. La velocidad en la cual estas especies se están extinguiendo es mucho más rápida que en el pasado. La extinción masiva fue causada por el impacto de un meteorito hace 65 millones de años, que marcó el final del Cretácico. Anteriormente, la del final del periodo Pérmico hace 250 millones de años.

 

La pérdida de nuevas especies en un ecosistema puede las criaturas vivientes. En Estados Unidos y Canadá se está sufriendo una dramática disminución de la población de los tiburonesen la costa este. Desde que esto ha pasado han incrementado la población de mantarayas que en contra prestación ha disminuido la cantidad de mariscos en las costas. La pérdida de los mariscos ha reducido la calidad del agua y el tamaño de las camas de algas. La diversidad biológica se está perdiendo a un ritmo acelerado. Cuantas más especies hay en un ecosistema más resistente es su evolución.

 

Siete millones de kilómetros cuadrados de un bosque tropical se han desvanecido en al menos cincuenta años. Alrededor de 2 millones de kilómetros cuadrados fueron usados en cultivos, mientras los restantes cinco millones de kilómetros cuadrados es de tierra de poca calidad. Volviéndose estas tierras en tierras improductivas, cuando las tierras eran bosques nativos podían capturar un estimado de cinco billones de metros cúbicos de carbono del aire de la atmósfera cada 10 o 20 años. La reforestación puede traer enormes beneficios en la biodiversidad

 

Sobre población

 

En la vida salvaje, el problema de la sobre población animal es resuelto por los depredadores. Los depredadores tienden a buscar signos de debilidad en su presa, y por consecuencia usualmente primero se come a los animales jóvenes, viejos o enfermos. Esto tiene los efectos secundarios de asegurar una acción fuerte entre los sobrevivientes y el control de la población. En la ausencia de predadores, las especies animales están atadas por los recursos que ellos puedan encontrar en su ambiente, pero estos no necesariamente controlan la sobrepoblación. Una abundante oferta de recursos puede producir una explosión demográfica que termina con más individuos de los que se pueden soportar. En este caso, el hambre, la sed y algunas veces la competición violenta por escasos recursos puede resultar en una fuerte reducción de la población, y en un corto lapso, la destrucción de la misma. Los lemmings así como otras especies de roedores tienen ciclos de rápido crecimiento y rápida disminución.

 

En condiciones ideales, cuando la población animal crece, también lo hace el número de depredadores que se alimentan de ese animal en particular. Los animales que tienen defectos de nacimiento o genes débiles mueren al no poder competir con los animales sanos.

 

Especies introducidas y especies invasora[editar]

En realidad, un animal que no es nativo en un ambiente puede tener ventajas sobre los nativos, hasta llegar a ser inadecuados para los depredadores locales. Si no se controla, una especie introducida puede rápidamente super poblar y finalmente destruir su medio ambiente (especie invasora).

 

Ejemplos de sobre población animal causada por la introducción de especies ajenas a su medio ambiente:

 

En la Patagonia argentina, especies europeas como la trucha y la vaca rápidamente se convirtieron en una plaga, compitiendo con ventaja con las especies locales de peces y herbívoros.

En Australia, los conejos fuera de control se comieron las plantas que otros animales nativos necesitaban para sobrevivir. Los granjeros, incapaces de cazar los conejos a un nivel suficiente para reducir su población y prevenir el daño que causaban a los cultivos, introdujeron gatos, en la esperanza de que limitaran no sólo la población de conejos, sino la de la ratas. Los gatos, a su vez, crearon otro problema, pues preferentemente depredaron a especies locales, más fáciles de capturar.

ejemplos:

 

Erupciones volcánicas tales como la del Monte Santa Helena (1980)

Otros eventos de fuerte impacto, como el evento de Tunguska (1908), de naturaleza aún no aclarada (la hipótesis más firme parece ser el choque de un cometa).

El accidente de Chernóbil en 1986 causó, por contaminación radiactiva, un gran número de muertes y enfermedades, así como mutaciones genéticas en todo tipo de seres vivos. El área alrededor de la planta es ahora abandonada por los humanos por la gran cantidad de radiación generada en la fusión. Veinte años después del accidente los animales han retornado.1

El accidente del Exxon Valdez, que provocó un gigantesco vertido de petróleo, el desastre del Exxon Valdez, en la costa de Alaska en 1989.

 

Factores de riesgo para futuras crisis ecológicas

 

El calentamiento global por aumento de los gases de efecto invernadero como consecuencia de las actividades humanas (efecto antropogénico). Distintos modelos de escenarios futuros prevén consecuencias tales como el aumento del nivel del mar, la inundación de los deltas asiáticos, la multiplicación de la energía de los huracanes, el incremento de los episodios de lluvias extremas, inundaciones y sequías, y cambios en la distribución de especies, que producirían la difusión de enfermedades tropicales y la alteración de la producción, naturaleza y calidad de los recursos alimentarios.

 

La destrucción de la capa de ozono, que protege de la radiación ultravioleta, provocaría un aumento de los cánceres de piel y mutaciones genéticas en los seres vivos, sobre todo en las latitudes altas, cuanto más cerca de los polos.

 

 La crisis ecológica, es principalmente una crisis de escasez: escasez de materias primas, de energía, de tierras y de espacio ambiental para mantener el ritmo de la economía actual, y aún menos extenderlo a todos los países del Sur y dejarlo en herencia a las generaciones futuras. El modo de producción y de consumo impulsado por el Norte no tiene en cuenta los límites físicos del planeta, tal y como lo deja patente la huella ecológica: si todas las personas de este mundo consumieran como la ciudadanía española, necesitaríamos tres planetas. Mientras tanto, la humanidad ya supera en un 50% su capacidad de regenerar los recursos naturales que utilizamos y asimilar los residuos que desechamos (WWF, 2012). Por su parte, el alcance de la dominación humana y de la amplitud de la crisis ambiental que provoca, queda claro por lo menos a través de los seis fenómenos siguientes (Vitousek y sus colaboradores (en Riechmann, 2008)):

 

Entre la mitad y una tercera parte de la superficie terrestre ha sido ya transformada por la acción humana.

 

La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se ha incrementado más de un 30% desde el comienzo de la revolución industrial.

 

La acción humana fija más nitrógeno atmosférico que la combinación de las fuentes terrestres naturales.

 

La humanidad utiliza más de la mitad de toda el agua dulce accesible en la superficie del planeta.

Aproximadamente una cuarta parte de las especies de aves del planeta ha sido extinguida por la acción humana.

 

Las dos terceras partes de las principales pesquerías marinas se hallan sobreexplotadas o agotadas.

 

En este contexto, según Lipietz (2012), incluso podemos hablar hoy de una “segunda” crisis ecológica mundial, después de una primera que sitúa durante la Gran Peste del siglo XIV. Al igual que la Gran Peste, la crisis ecológica actual tiene como origen un conflicto entre la Humanidad y la Naturaleza, a través de la relativa escasez de producción alimentaria y los peligros de su propio sistema energético para la población humana. 

 

Además, se transmite por los canales de la globalización económica y golpea civilizaciones muy diferentes aunque lo suficientemente parecidas como para poder producir y padecer efectos semejantes. Sin embargo, según el teórico francés, la crisis ecológica actual se diferencia profundamente de la crisis “exógena” de la Gran Peste (un microbio desconocido y devastador que ataca a sociedades debilitadas por un cambio climático de origen no antropogénico y la baja productividad agrícola) por ser el resultado de la dinámica social e histórica del propio modelo de desarrollo: el propio liberal-productivismo ha generado la tensión actual entre Humanidad y Naturaleza. De tal forma que la “segunda” crisis ecológica, esta vez “endógena”, se podría resumir de la forma siguiente:

 

[Es] la conjunción de dos nudos de crisis ecológicas, internas a la dinámica del modelo liberal-productivista: el “triángulo de las crisis energéticas” y el “cuadrado de los conflictos para el uso del suelo”, ellos mismos articulados sobre la crisis financiera, económica y social del modelo capitalista neoliberal que triunfa a nivel mundial desde principios de los años 1980. Este modelo liberal pesa mucho sobre la evolución de los dos nudos de las crisis ecológicas: incluso podemos decir que las engendra (Lipietz, 2012).

 

A continuación, estudiaremos más en profundidad estos dos nudos centrales de la crisis ecológica para entender mejor los retos a los que se enfrenta la Humanidad si quiere elegir la vía de la esperanza.

 

El triángulo de las crisis energéticas

 

Los principales riesgos relacionados a la crisis energética se centran en torno a tres vértices: energía fósil (carbón, petróleo, gas), energía nuclear y energía proveniente de la biomasa (leña, agrocombustibles).

 

Como primer vértice del triángulo, encontramos los riesgos vinculados a las energías fósiles, que a su vez se dividen en dos vertientes: la capacidad de regeneración de estas energías (no renovables a escala humana) y la capacidad de asimilación de los residuos vinculados a su utilización. 

 

Asimismo, la humanidad se enfrenta al techo de los combustibles fósiles, que corresponde al punto de inflexión a partir del cual la extracción de una unidad de energía fósil por unidad de tiempo ya no puede incrementarse, por grande que sea la demanda. Coincide con el momento en que la extracción acumulada llega a la mitad de la cantidad total recuperable, y los esfuerzos humanos, técnicos y financieros pueden disminuir la tasa de declive, pero no invertir la tendencia a la baja de la extracción. Al mismo tiempo, la creciente incapacidad de ofertar más energía fósil se topa con una demanda en constante aumento, principalmente en los países llamados emergentes como China o la India, y con la especulación (Bermejo, 2008), lo que dispara el precio de la energía (y de otras materias primas).(2) En concreto, esta tensión entre oferta (que depende de factores ecológicos y económicos) y demanda (que depende del modo de vida) al alza es paradgimática y altamente peligrosa para el modelo social y productivo actual. 

 

Esto es especialmente cierto en el caso del petróleo, puesto que la globalización económica se basa en un petróleo barato, abundante y de buena calidad. El despliegue del modelo de producción y consumo de masa y sus instituciones asociadas necesitan energía fósil al igual que el cuerpo humano necesita sangre. Por ejemplo: el complejo agroindustrial, basado en la maquinaria motorizada, la producción y consumo de abonos y fertilizantes, altos niveles de bombeo de agua, la manipulación industrial, la explotación intensiva de los suelos, la comercialización globalizada y el transporte de larga distancia hacia el lugar de consumo, nos da una buena idea de esta dependencia.(3) 

 

Sin embargo al haber alcanzado el techo del petróleo (peak oil en inglés), esta era ha terminado: estamos entrando en la era del petróleo caro, escaso y de mala calidad.(4) Esta nueva situación tiene repercusiones directas sobre el conjunto de la economía y sobre nuestros modelos de vida diarios. De hecho, la crisis financiera de 2008, que hoy ha desencadenado una ola de recesiones y planes de ajuste brutales, pone de relieve una relación directa entre crisis ecológicas y económicas. 

 

En este sentido, el economista estadounidense Jeremy Rifkin recuerda que la crisis de las subprimes, es decir el impago de las hipotecas en Estados Unidos que luego se propagó a nivel mundial a través de los activos tóxicos, comenzó cuando el barril de petróleo en el verano 2008 alcanzó los 150 dólares y no en octubre cuando estalló la burbuja a la luz pública. 

 

Ese aumento de los precios hizo que subiera el precio de la gasolina y que en Estados Unidos mucha gente, principalmente las más empobrecidas e insolventes cuyo presupuesto familiar tiene dos partidas básicas en torno a la vivienda y al transporte, dejara de pagar la hipoteca (las subprimes) para mantener la tenencia de su coche privado (imprescindible en un sistema basado en su uso intensivo, por ejemplo para ir al trabajo y a su vez generar las rentas necesarias para sobrevivir).

 

Por otro lado, apuntemos que para superar el techo de producción de los combustibles fósiles, existe una nueva frontera extractiva: la extracción del gas de pizarra a través del método llamado fracking  o fracturación hidraúlica. Si bien el fracking ha permitido bajar el precio a corto y medio plazo del gas, es un nuevo espejismo altamente peligroso para el medio ambiente, el clima y la salud humana y que no afronta el mayor reto de la civilización industrial: rebajar el consumo energético dentro de los límites ecológicos del Planeta (para un análisis detallado del fracking, véase Marcellesi y Urresti, 2012).

 

Créditos: Cheng (Lily) Li

 

En cuanto a los efectos del modelo energético sobre el cambio climático, hoy principal preocupación ambiental en las agendas políticas, existen claras evidencias de que crisis energética y crisis climática no son más que dos caras de la misma moneda. Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (GIECC), “la principal causa del crecimiento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera desde la época preindustrial es el uso de combustibles fósiles” (2007, p2), que hoy se estima en torno a 75% (el resto se debe a la deforestación y al cambio de uso de suelos). A pesar de mejoras tecnológicas por unidad producida,(5) el crecimiento demográfico y el actual modelo socioeconómico (basado en la acumulación material) provocan una presión insostenible sobre los ecosistemas. En este contexto, las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero sobrepasan la capacidad de autorregulación y asimilación por parte de los sumideros naturales (océanos, atmósfera), lo que está conduciendo a una situación peligrosa de no retorno. Para evitar tal caso que llevaría a sufrir cambios irreversibles e impredecibles, el GIECC recomienda que no haya aumento de más de 2 grados centígrados en 2100 en comparación con los niveles preindustriales, mientras que la muy institucional Agencia Internacional de la Energía pone 2017 como fecha límite para acotar el incremento de temperaturas. En caso contrario, ya sea el IPCC (2007) o el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (2007) advierten de las mismas consecuencias ambientales y sociales. 

 

El cambio climático supondrá —y de hecho, ya supone— efectos en la agricultura y silvicultura (cambio de rendimientos según zonas frías o cálidas, aumento de plagas e insectos, etc.), en los recursos hídricos (extensión de las zonas afectadas por la sequía, empeoramiento de la calidad del agua, etc.), en la salud humana (tales como la mortalidad relacionada con el calor en Europa, aumento de enfermedades infecciosas, etc) o en la industria, asentamientos humanos y sociedad (disminución de la la calidad de vida de las personas en áreas cálidas sin vivienda apropiada) así como una mayor exposición a inundaciones costeras, unas condiciones climáticas extremas y un posible colapso de los ecosistemas.

 

Como segundo vértice del triángulo, encontramos la energía nuclear que tras la catástrofe de Fukushima —decenas de miles de personas evacuadas fuera del perímetro de seguridad, contaminación radiactiva hasta en Tokio, escándalos políticos y técnicos en torno a la gestión y a la seguridad de las centrales nucleares japonesas y del accidente post-tsunami,(6) etc.— vuelve a apuntar sus altas deficiencias y riesgos para representar cualquier tipo de solución al cambio climático. Resumiendo los principales problemas (Marcellesi, 2011a):

 

El riesgo de accidente, en este caso de probabilidad baja pero de magnitud alta, es más que nunca presente y real.

 

Seguimos sin tener ninguna solución real a la gestión de los residuos radiactivos.

 

La energía nuclear crea una fuerte dependencia con el exterior ya que el uranio, cuyas reservas son finitas, se compra a países fuera de Europa y cuya inestabilidad política no asegura un suministro seguro (el Chad, por ejemplo).

 

Existe un riesgo de proliferación de la energía nuclear para fines militares (reforzado por la amenaza de uso terrorista de los residuos o de las centrales nucleares como posibles dianas de ataque).

No es una alternativa para evitar sustancialmente emisiones de gases de efecto invernadero: si se tiene en cuenta el ciclo de vida global de la energía nuclear (extracción del uranio, suministro a Europa, construcción y desmantelamiento de las centrales, gestión de los residuos…), ésta produce más CO2 que las energías renovables.

 

Es una fuente de electricidad, por tanto no sustituye nuestra dependencia de los combustibles fósiles.

Los puestos de trabajo por unidades energéticas están por debajo de las creadas por las energías renovables. 

 

 

El último vértice del triángulo lo ocupa la biomasa, cuyo uso energético es el más antiguo desde que el Homo Erectus domesticara el fuego, el más constante para una gran mayoría de la humanidad (la leña sigue siendo el principal combustible utilizado) y, seguramente, uno de los más prometedores de cara al futuro. Pero la biomasa también tiene riesgos asociados que analizaremos en el siguiente subapartado, puesto que se articula directamente con el uso de las tierras, principalmente con el auge de los agrocombustibles.

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